Una guia juvenil para adolescentes…..

CUENTOS Y LIBROS

SE PRESENTAN LOS CUENTOS PARA REFLEXIONAR

Las dos justicias

Caminaba un filósofo griego pensando en sus cosas, cuando vio a lo lejos dos mujeres altísimas, del tamaño de varios hombres puestos uno encima del otro. El filósofo, tan sabio como miedoso, corrió a esconderse tras unos matorrales, con la intención de escuchar su conversación. Las enormes mujeres se sentaron allí cerca, pero antes de que empezaran a hablar, apareció el más joven de los hijos del rey. Sangraba por una oreja y gritaba suplicante hacia las mujeres:

– ¡Justicia! ¡Quiero justicia! ¡Ese villano me ha cortado la oreja!

Y señaló a otro joven, su hermano menor, que llegó empuñando una espada ensangrentada.

– Estaremos encantadas de proporcionarte justicia, joven príncipe- respondieron las dos mujeres- Para eso somos las diosas de la justicia. Sólo tienes que elegir quién de nosotras dos prefieres que te ayude.
– ¿Y qué diferencia hay? -preguntó el ofendido- ¿Qué haríais cada una?
– Yo, -dijo una de las diosas, la que tenía un aspecto más débil y delicado- preguntaré a tu hermano cuál fue la causa de su acción, y escucharé sus explicaciones. Luego le obligaré a guardar con su vida tu otra oreja, a fabricarte el más bello de los cascos paa cubrir tu cicatriz y a ser tus oídos cuando los necesites.
– Yo, por mi parte- dijo la otra diosa- no dejaré que salga indemne de su acción. Lo castigaré con cien latigazos y un año de encierro, y deberá compensar tu dolor con mil monedas de oro. Y a ti te daré la espada para que elijas si puede conservar la oreja, o si por el contrario deseas que ambas orejas se unan en el suelo. Y bien, ¿Cuál es tu decisión? ¿Quién quieres que aplique justicia por tu ofensa?

El príncipe miró a ambas diosas. Luego se llevó la mano a la herida, y al tocarse apareció en su cara un gesto de indudable dolor, que terminó con una mirada de rabia y cariño hacia su hermano. Y con voz firme respondió, dirigiéndose a la segunda de las diosas.

– Prefiero que seas tú quien me ayude. Lo quiero mucho, pero sería injusto que mi hermano no recibiera su castigo.

Y así, desde su escondite entre los matorrales, el filósofo pudo ver cómo el culpable cumplía toda su pena, y cómo el hermano mayor se contentaba con hacer una pequeña herida en la oreja de su hermano, sin llegar a dañarla seriamente.

Hacía un rato que los príncipes se habían marchado, uno sin oreja y el otro ajusticiado, y estaba el filósofo aún escondido cuando sucedió lo que menos esperaba. Ante sus ojos, la segunda de las diosas cambió sus vestidos para tomar su verdadera forma. No se trataba de ninguna diosa, sino del poderoso Ares, el dios de la guerra. Este se despidió de su compañera con una sonrisa burlona:

– He vuelto a hacerlo, querida Temis. Tus amigos los hombres apenas saben diferenciar tu justicia de mi venganza. Ja, ja, ja. Voy a preparar mis armas; se avecina una nueva guerra entre hermanos…ja,ja,ja, ja.

Cuando Ares se marchó de allí y el filósofo trataba de desaparecer sigilosamente, la diosa habló en voz alta:

-¿Dime, buen filósofo? ¿habrías sabido elegir tú correctamente? ¿Supiste distinguir entre el pasado y el futuro?

Con aquel extraño saludo comenzaron muchas largas y amistosas charlas. Y así fue cómo, de la mano de la misma diosa de la justicia, el filósofo aprendió que la verdadera justicia trata de mejorar el futuro alejándose del mal pasado, mientras que la falsa justicia y la venganza no pueden perdonar y olvidar el mal pasado, pues se fijan en él para decidir sobre el futuro, que acaba resultando siempre igual de malo.

Pedro Pablo Sacristán

Cómo creció Alicia

Casi, después que Alicia había caído al fondo de la madriguera, corrió un trecho larguísimo bajo tierra, y de repente se encontró en una gran sala rodeada de puertas.

Todas las puertas estaban cerradas con llave, de manera que la pobre Alicia no podía salir de allí: y se puso muy triste.

Sin embargo, al cabo de un ratito encontró una mesa pequeña con tres patas (en el dibujo están dos de las patas y un poquito de la otra ¿la ves?), toda hecha de cristal; y sobre la mesa había una llavecita: Alicia dio la vuelta a la sala tratando de abrir con ella alguna de las puertas.

¡Pobre Alicia! La llave no abría ninguna puerta. Pero por fin llegó a una puertecita pequeñísima, ¡y menuda alegría se llevó al ver que la llave servía para esa cerradura!

Entonces abrió la puertecita, se agachó y miró al otro lado, y ¿qué crees que vio? ¡Un jardín preciosísimo! ¡Y le dieron tantas ganas de entrar en él! Pero la puerta era demasiado pequeña.

No podía pasar de ningún modo, ¡lo mismo qué tú no podrías pasar por una ratonera!

Así que la pobrecita Alicia cerró la puerta y se volvió para dejar la llave en su sitio: y esta vez se encontró sobre la mesa una cosa completamente diferente (mira el dibujo otra vez). ¿Qué crees que era? Era un frasco, que tenía colgada una etiqueta en la que podía leerse claramente «BÉBEME».

Lo probó, y estaba muy bueno, de manera que puso manos a la obra y se lo bebió todo. ¡Y entonces le pasó una cosa curiosísima! Jamás adivinarías lo que fue, de modo que te lo voy a contar yo. ¡Empezó a hacerse pequeña, pequeña hasta que se quedó del tamaño de una muñeca!

Entonces pensó «¡Ahora sí que quepo por la puertecita! », y se fue hacia ella corriendo. ¡Pero cuando llegó, la puerta estaba cerrada con llave, y la llave encima de la mesa y no alcanzaba a cogerla! ¿No era una lástima haber cerrado la puerta con llave?

Bueno, pues lo siguiente que encontró fue un pastelito, en el que estaba escrita la palabra «CÓMEME». Y naturalmente puso manos a la obra y se lo comió.

¿Y qué crees que le pasó entonces? No lo adivinarías jamás. Tendré que contártelo como antes.

Creció, y creció, y creció. ¡Se hizo más alta de lo que era antes! ¡Más alta que ningún niño! ¡Más alta que ninguna persona mayor! ¡Más, Y más, y más alta! Fíjate en el dibujo y verás cuánto creció.

¿Qué preferirías tú: ser una Alicia chiquitita como un gatito, o ser una Alicia alta y grandota y darte cabezazos en el techo a todas horas?

Lewis Carroll

Clemencia y José

Hace mucho tiempo vivía en un pueblo un matrimonio que tenía una hija llamada Clemencia. La madre, que era una bruja, no quería a Clemencia porque decía que era muy tonta y que siempre se mantenía en la iglesia.

Un día, las cosechas del padre de Clemencia fueron tan abundantes, que se vió obligado a ocupar un muchacho para que le ayudara en el campo. Este joven se llamaba José. No pasó mucho tiempo sin que Clemencia y José se enamoraran y quisieran casarse luego. Al pedir el consentimiento de los padres de la joven, el viejo no puso ningún obstáculo para que se celebrara la boda, pero la bruja se negó rotundamente a dar su permiso.

Sin embargo, Clemencia y José siguieron queriéndose más y más, aumentando la cólera de la bruja. Un día estando José en el corral con las mulas, decidió la vieja matarlo para que no se siguieran queriendo y para hacer sufrir a Clemencia. Salió la bruja en busca de su marido, a quien le dijo:

– Viejo, dile a José que salga al campo y se traiga una mula negra que anda por allí.

Clemencia al oír aquellas palabras se dió cuenta de que su madre quería matar a José y corriendo se fué al corral y le dijo al joven:

– Mira, José, ahorita va a venir mi padre a decirte que montes la mula negra que esta en el campo para que te la traigas al corral. Esa mula negra es mi madre y si la montas empezará a respingar, si te tira, te mata. Así es que escucha bien lo que te voy a decir: Cuando estés montado en la mula, y ésta empiece a respingar, le muerde la oreja derecha y verás cómo la dominas. Te la traes y la metes al corral, pero no le digas a nadie nada de lo que pase.

Todo pasó exactamente como le había dicho Clemencia, y José dominó la mula y la metió al corral. Cuando llegó la hora de la cena, José notó que la vieja, madre de Clemencia, traía un parche en la oreja derecha.

Esa noche Clemencia y José decidieron irse de una vez de la casa, y quedaron en que a las once Clemencia iría a despertar a José para emprender la fuga.

A las once llegó Clemencia al cuarto del joven, lo despertó y le dijo: -Escupe en tu cama, yo también así lo hice. Salieron del cuarto y se fueron. Al poco rato despertó la vieja y comenzó a llamar a Clemencia, pero la saliva que había dejado la joven en su cama, le contestó: ¡Madre!

La vieja al oír la voz de Clemencia se volvió a quedar dormida. Pasó un buen rato y volvió a despertar la vieja y llamando una ve más a Clemencia no obtuvo contestación porque la saliva que la joven había dejado, estaba ya seca. Se levantó la vieja encolerizada y fué al cuarto de su hija. Al ver que no estaba alli, fué volando al cuarto de José, pero no encontró a ninguno de los dos. Adivinando entonces lo que había sucedido, esperó a que amaneciera y volviéndose águila emprendió el vuelo en busca de los jóvenes. Después de volar un buen rato, los divisó, pero en el mismo instante Clemencia y José notaron que el águila que los seguía era la vieja bruja. Clemencia que había aprendido bastante magia de su madre, inmediatamente dejó caer al suelo un peine, levantándose al momento un espeso bosque en su derredor impidiendo que el águila cruzara. Tuvo que descender y transformándose otra vez en bruja, empezó a deshacer el encanto para desaparecer el bosque. Cuando hubo quitado el bosque por completo, se volvió águila una vez más y siguió persiguiéndolos.

José y Clemencia se habían alejado bastante pero por fín notaron que el águila ya los alcanzaba otra vez. Entonces la joven tiró un espejo transformándose en un inmenso lago, tan ancho, tan ancho, que el águila no lo podía cruzar.

Al notar la inmensidad de aquel lago, descendió el águila y volviéndose bruja deshizo el encanto quitando el lago. Volviose águila y emprendió el vuelo en busca de la joven pareja. Una vez más los divisó, pero Clemencia presintiendo que el águila no tardaría en alcanzarlos cogió un puñado de cenizas y esparciéndolo por el aire se volvió niebla, tan espesa que el águila no pudo penetrarla. Como ya estaba amaneciendo la bruja tenía que estar en su casa antes que saliera el sol y ya le quedaba muy poco tiempo para seguir a los jóvenes, pero antes de regresar a su casa la bruja maldijo a su hija diciéndole:

– Mala hija, acuérdate que tu amante te abandonará en el primer pueblo que lleguen.

Clemencia y José no hicieron caso y siguieron caminando sin descansar. Por fín llegaban al primer pueblo, y en las afueras sentose Clemencia a descansar porque estaba rendida de tanto caminar y sus zapatos estaban rotos.

– Espérame aquí mientras voy al pueblo a comprarte unos zapatitos y tambien a traer algo que comer, dijo José.

Clemencia no queria que la dejara, pero tanto insistió José, que se quedó esperándolo. Llegó la noche, y el joven no vino; pasó otro día y José no regresó, por fin, acordándose Clemencia de la maldición de su mamá emprendió la marcha hacia el pueblo, llorando por todo el camino. Cuando llegó al lugar, tuvo que ponerse a trabajar, y un día que se sentía más triste que nunca, se pararon en la ventana de su cuarto dos palomitos que pareciendo consolarla le decían “currucutucu, currucutucu.”

Clemencia las coió y con paciencia las enseñó a hacer muchas suertes. Así pasaron algunas semanas y cuando las palomitas estaban bien amaestradas las llevó a la plaza para que hicieran sus suertes.

Mucha gente se acercaba a admirar las suertes de las palomitas. Clemencia siempre estaba pendiente a ver se entre toda la gente dividaba a José. Por fín, uno de tantos días, reconoció a José entre la muchedumbre, pero éste no la reconoció. Entonces Clemencia con una varita tocó a la palomita que empezó a dar vueltas al derredor del palomito mientras le decía:

– Currucutucu, currucutucu, ¿Te acuerdas, palomito mío, cuando me decías que me querías?

– ¡No! contestaba el palomo.

– Te acuerdas, le decía la palomita, -que nos venimos de mi casa. ¿Te acuerdas que me dejaste en el camino?

– ¡No! repetía el palomo.

– ¿Te acordarás, palomito mio, que me dejaste en el camino para ir por unos zapatitos para poder entrar el pueblo calzada?

El palomo dijo entonces:

– ¡Si, ya me acordé!

Al miso tiempo, José que había estado observándolo todo dijo:

– Yo tambien ya me acordé. Tu eres mi Clemencia, mi amada. Y acercándose a ella la tomó en sus brazos diciendo que ya nunca jamás se separarían. Se casaron y vivieron muchos años muy felices.

Escrito por RJ a las 03:37 pm Hacer comentario (0)

Cinco marineros y un ataud verde

Un día de principios de invierno arribó a Punta Arenas un barco tan deslastrado que llevaba más de media paleta de la hélice fuera del agua; el casco plomizo, algo descascarado por la intemperie o por las faenas de pintura en alta mar, estaba surcado de grandes manchas de azarcón rojo que semejaban heridas cuya sangre aún no se lograba restañar.

En sus prolongadas singladuras, generalmente estos vagabundos pasan de largo por el Estrecho de Magallanes, y si se detienen en el puerto lo hacen sólo para arreglar algún desperfecto de sus máquinas o alguna avería vital.

Éste pidió ser recibido por la capitanía de puerto; pero junto con el gallardete de la solicitud izó en el mástil de trinquete una bandera de grandes paños negros y amarillos que quería decir “muerto a bordo”.

Efectivamente, después de que la lancha de la autoridad marítima se hubo desprendido de sus costado, una chalupa fue arriada de los pescantes del barco, y, tripulada por cuatro remeros y un patrón, se dirigió a toda boga hacia el muelle del puerto.

La embarcación atracó cerca del malecón, que a esa hora de la baja marea se encontraba bastante alejado del nivel del mar.

Dos de sus tripulantes treparon ágilmente por los pilotes hasta la plataforma, y los de abajo les lanzaron dos chicotes de soga que empezaron a recoger cuidadosamente, surgiendo desde el interior de la chalupa, como si lo fueran sacando desde el fondo del mar, un extraño cajón pintado de verde, que, aunque toscamente confeccionado, tenía la característica forma de una caja de muerto.

Fue depositado cuidadosamente en el borde el muelle, y, luego de dejar asegurada la chalupa, subieron los otros tres marineros, le quitaron las amarras y levantándolo en vilo colocáronlo sobre los hombros de cuatro de ellos, y con el quinto por todo cortejo echáronse a andar en busca de la salida del puerto. Las calles estaban nevadas y los marineros tuvieron que marchar con cuidado, pisando inseguros, lo que les daba un cierto vaivén a sus hombros y al ataúd, cuyo verde color hacía recordar un trozo de mar llevado en hombros de esos marineros.

A la salida del muelle preguntaron a un guarda por el camino del cementerio, y hacia allá dirigieron sus acompasados pasos. Era alrededor del mediodía y en las calles solitarias y blancas sólo encontraron uno que otro transeúnte que se dirigía apresuradamente a su almuerzo, pero no tanto como para no descubrirse con respeto ante el encuentro de la muerte y después de dar vueltas repetidas veces la cabeza, pararse a mirar el extraño funeral de los cuatro marineros con su ataúd verde sobre los hombros.

Al doblar una esquina se toparon con un individuo bajo, recio, que descubrió su recia cabezota, de nariz chata, y que con insólita actitud se puso a caminar junto al féretro, con la vista agachada y un notorio compungimiento en el rostro, como si se tratara de un deudo. Era Mike, el hijo idiota del pastelero, que tenía la funeraria costumbre de acompañar todo entierro que encontrara en su camino, con el más patético de los dolores… Pero algo raro debió haber hallado en este funeral, cuando a poco de andar se puso de nuevo la gorra y abandonó el corteja, reanudando su vagar de loco suelto.

Al llegar a las afueras, una ventisca cargada de nieve empezó a azotar a los conductores del ataúd, que tuvieron que defender sus rostros cambiando de hombros más a menudo para guarecerse en el costado del cajón menos azotado por el vendaval. Siempre iba uno atrás, descansando, en renovada escolta.

En uno de estos cambios le correspondió dejar el ataúd a un tripulante algo viejo, entrecano, que se detuvo a descansar plenamente, mientras se pasaba el pañuelo por el rostro mojado tanto por la ventisca como por el sudor que perlaba su frente. Era Foster, el más amigo de Martín, el lamparero de a bordo, que ahora iban a enterrar; compartían la misma cabina en el Gastelu y quién sabe por qué razón transpiraba tanto… A lo mejor l ataúd pesaba más para sus hombros que para los de los otros compañeros del lamparero muerto…

Mas, de pronto, sus ojos tropezaron con un letrero que se destacaba sobre el dintel de una casa y que decía en letras azules y rojas “Bar Hamburgo”. Echó un vistazo temeroso a sus compañeros que se alejaban sin darse cuenta de su detención, capeándole a la ventisca con presurosos pasos, y volviendo a mirar el letrero entró rápidamente en el bar.

En el mostrador pidió al cantinero una ginebra doble que se zampó de un trago, pasándose luego el dorso de la mano por los labios, que rechuparon el bigote con fruición. Y se sintió más alivianado, no porque el ataúd hubiera pesado más para él que para los otros hombres, sino porque se trataba de Martín el lamparero, su compañero de cabina, cuyos ojos, al darse vuelta con la última mirada de la vida, habían volcado en los suyos, en su alma apeñascada por la codicia, un peso que en vano había tratado de aliviar.

Él mismo fue el que propuso sepultarlo en tierra y no en el mar, temeroso de una vieja superstición marinera que dice que los sepultados en el mar vuelven siempre a sus casas a visitar a menudo los lugares en donde vivieron, vengándose muchas veces de los que les hicieron daño. Y tratándose de un crimen o de algo parecido, la leyenda exaltaba la venganza de tal manera que el alma de la víctima llegaba a incorporarse en la del victimario, hasta enfermarlo y hacerlo perecer… ¡Supersticiones, patrañas, pero tan ciertas a veces como las “luces de San Telmo” que se encienden en las colas y en las crucetas de los mástiles poco antes de que un barco vaya a naufragar en medio de una tempestad!

Aun cuando no había pasado el cabo Froward, último peñón continental de la América meridional, él, Foster, se había apresurado a fabricar a serrucho y martillo la tosca caja de pino que hubo de pintar con pintura verde, porque otra pintura no había a bordo, fuera de la negra brea, imposible de utilizar por el largo tiempo que demora en secarse. Se había apresurado, e insistió ante el piloto para que no se lanzara al mar el cuerpo de Martín, y en cambio descansara en paz bajo la tierra, y tal vez lo dejara descansar a él también…; porque mientras estuviera sobre la superficie o vagando por las profundidades del mar, el peso aquel que volcara sobre su ánimo la última mirada del lamparero no lo alivianaría ni con todos los vasos de ginebra que pusiera beberse en su vida.

No pudo continuar en sus reflexiones; de súbito hicieron bulliciosa irrupción en el “Bar Hamburgo” sus cuatro compañeros, que al darse cuenta de que él ya no los seguía, se detuvieron a esperarlo un rato; mas uno de ellos, como marinero sediento, también había visto de soslayo el letrero rojo y azul que decía en la pared de la casa “Bar Hamburgo”, y no les cupo duda alguna de que el ausente se había metido de cabeza allí mezquinamente unos tragos. Acomodaron el ataúd en una depresión del terreno semiurbano, entre la acera y la calzada, para que fuera menos notorio su respetuoso abandono, y se dirigieron los cuatro en pos del bellaco que se había pasado a beber solo.

No sin sorpresa los recibió Foster; pero haciendo de tripas corazón pidió inmediatamente una corrida para todos y, cosa rara por su fama de tacaño, pidió otra y se adelantó a pagarlas.

– ¿Heredaste de Martín, que estás tan generoso? -le dijo, riendo, un pelirrojo de cara acuchillada.

– ¡Viejo pillastre, te pillamos!… ¡Apuesto que te estás tomando la plata que Martín tenía en el escondrijo que sólo tú y él conocían!

Foster se pasó nuevamente el pañuelo por la frente y trató de sonreír, mientras se llevaba la copa a los labios, invitando a los demás con el gesto.

– ¿Y te la ibas a chupar solito, no, viejo? -dijo otro.

– ¡No sean así, siempre he tomado solo, pero con mi plata!

– ¡Entonces ponga una botella entera de ginebra! -exclamó el pelirrojo-. ¡El viejo Foster paga!

El mesonero descorchó una botella de barro y la puso sobre el mostrador… Los marineros se acercaron y leyeron en la etiqueta: “Su color ámbar pálido comprueba la vejez”, y empezaron a escanciarla.

Afuera la ventisca se fue convirtiendo en tupida nevada, y sólo las muertas alas de la nieve se acercaron a acompañar a Martín, como una ofrenda de la inmensidad sobre su abandonado féretro.

Si da el verde con el verde

y el colorado con su igual,

entonces nada se pierde,

siga el rumbo cada cual.

Todos coreaban el estribillo con que el lamparero Martín recordaba la posición de las luces cuando los barcos se encuentran en plena navegación en la noche; estribillo que todo lamparero o timonel repetía a menudo para no equivocarse en el rumbo que debía tomar en tales circunstancias.

Las luces también se habían encendido en el interior del bar, porque la noche ya había caído afuera, sin que los marineros se diesen cuenta de su llegada. Gente de mar, pescadores, bebían con bullicio, y el fuerte humo de sus cachimbas y toscanos llenaba el ambiente del bar con una pesada atmósfera. De vez en cuando alguien ponía una moneda de níquel en la ranura de una caja de música apernada en la pared, y saltaban al aire los acordes de alguna vieja marcha, polca o vals, con gran estridencia de bombos y platillos.

Uno de los marineros miró por la ventana hacia la noche y se detuvo un rato contemplando melancólico cómo jugueteaban en los vidrios los copos de nieve, semejando una bandada de mariposas que pugnaban por atravesar el cristal hacia la luz, escurriéndose luego en grandes lágrimas que rasguñaban el vidrio empavonado de la evaporación. La música, el bailoteo de los alados pies de la nieve en los vidrios a su destemplado ritmo…, quizás qué, trajeron a la mente del marinero una obsesión, y se levantó para conversar al oído con uno de los mesoneros del bar. Después se quedó un rato pensativo, acodado junto al mostrador y mirando hacia sus cuatro compañeros; el viejo Foster dormitaba y los otros tres bebían pausadamente, anegados ya por el alcohol. Lanzó un solapado silbido que sólo fue percibido por el pelirrojo de cara acuchillada, que se acercó al instante al mesón.

– ¡Vamos a divertirnos por ahí? -propuso.

– ¡All right! -contestó el pelirrojo, haciendo restallar la lengua; pero, dudando de pronto, agregó-; ¿Y Martín?

– ¡Que lo entierren ellos…, si pueden! -replicó haciendo un gesto despectivo hacia los que continuaban en la mesa.

Salieron sigilosamente y la noche se los tragó. Sólo después de un largo rato los de adentro se percataron de la ausencia; pero la borrachera había sido tan súbita, que poca cuenta se daban de la hora y de las circunstancias en que se hallaban.

– Vamos… a enterrar a Martín -balbuceó uno de ellos.

– ¡Cuando los otros vuelvan! -profirió el otro.

Foster continuaba dormitando pesadamente y despertaba de tarde en tarde sólo para estirar la mano y llevarse, vacilante, la copa a los labios marchitos, que revivían por algunos momentos al ardiente contacto del alcohol.

-¡Pobre Martín! -gimoteó el uno.

– ¡Pobre! -repitió en letanía el otro.

– ¿Te acuerdas cuando nos dio de tomar a todos en Tocopilla?

– ¡Sí, me acuerdo; a todos nos costeó el trago con sus gracias.

– Tocaba mejor que esta endiablada música, con su armónica…

Por unos momentos pasó por la mente de los borrachos la imagen inolvidable del lamparero del Gastelu, el mejor camarada de a bordo: la visión de cuando los alegraba con su armónica de boca, o de aquellas ocasiones en que, sin un centavo en el bolsillo, en un bar de un puerto cualquiera, salía a bailar con alguno de sus compañeros, tocando la armónica y acompañándose con una verdadera batería de cucharas antepuestas entre los dedos, que tamborileaban al compás del baile por la cabeza, la frente y el lomo, en una grotesca y extraña danza. Después del baile con que hacía reír a los parroquianos, Martín saludaba y al rato era el convidado de todas las mesas; pero en ellas no podía beber sin sus estimados compañeros…

– ¿Te acuerdas del naufragio del María Cristina?

– Cuando se sacó el chaleco salvavidas y se lo pasó a Foster…

– Para que se salvara, porque era más viejo que él…

– Y él casi la entregó, braceando desde mar afuera sin salvavidas…

– Y ahora el viejo bribón duerme y ni siquiera entierra al que le salvó la vida…

– Nosotros tampoco…

– Ni esos traidores que se fueron y que todavía no vuelven…

– Ni nadie… Hip… hip… Este mundo es muy perro… Apenas uno se da vuelta y ya nadie se acuerda… -gimoteó el más borracho, llenándosele el rostro de gruesos lagrimones, y agregó entre hipidos y llantos-: ¡Pobre Martín! “Si da el verde con el verde y el colorado con su igual, entonces nada se pierde, siga el rumbo cada cual…”

La sirena de un barco comenzó a horadar angustiosa e intermitentemente la alta noche; se dejó oír en el interior del bar, traspasando el bullicio y la música. Era un aullido que tenía algo de voz humana que viniera de la inmensidad; una voz ululante, enternecedora. Era el pito de Gastelu, que clamaba por sus cinco tripulantes desembarcados en misión de piedad…

– ¡A ver…, marineros…, hace media hora que un barco está llamando a su gente!… -exclamó el patrón del bar, sacudiendo a los dos que quedaban dormitando sobre la mesa en que por la tarde se habían sentado los cinco.

Le costó trabajo despertarlos. Por suerte lo consiguió en los mismos instantes en que la sirena del barco reiniciaba sus angustiosos y prolongados lamentos, llamando de nuevo a sus tripulantes para zarpar antes de que la marea se le pusiera a la salida del Estrecho.

Restregándose los ojos aún, los dos marineros reconocieron en los intermitentes pitazos la voz del Gastelu.

– ¡Es él, nuestro barco!

– ¡Está llamando apurado! -profirió el otro.

– ¿Y nuestros compañeros? -preguntó uno de ellos, algo despejado por la dormida.

– ¡Se fueron… hace algunas horas… en busca de otra diversión! -replicó el patrón.

– ¿Y Foster también?

– ¿Quién es Foster?

– ¡Los otros dos se irían a ver mujeres; pero Foster, el viejo, debiera estar con nosotros!

– ¡Ah!… El viejo, sí; vi que se quedó con ustedes, pero hace rato que ha desaparecido… ¡A lo mejor, cuanto más viejo, más mujeriego!

En ese instante la bocina del Gastelu empezó de nuevo a clamar con sus pitazos intermitentes por sus hombres tragados por la ciudad, y los dos últimos parroquianos del “Bar Hamburgo” partieron, poniéndose las gorras apresuradamente.

Afuera se toparon con la negra noche; pero los helados tentáculos que salían de las negruras les abanicaron el rostro y les despejaron algo la borrachera.

– ¿Y Martín? -dijo uno, acordándose súbitamente del ataúd que habían abandonado en la solera.

– ¡No lo enterramos!… y pongámonos de acuerdo con los demás en la chalupa.

– ¡Alguien lo sepultará mañana cuando lo encuentren! -replicó el otro, y se perdieron como dos sombras más densas que la noche misma, camino del muelle.

Pero al día siguiente nadie encontró ataúd alguno en el puerto, porque la nieve había caído durante toda la noche, formando una capa de cerca de un metro de espesor y cubriendo con su altura todas las cosas, y continuaba nevando, pausada, pero tan copiosamente que nadie iba a andar buscando ataúdes en las soleras de las calles aquel día. Ni en ése ni en los otros que fueron solidificando la gruesa costra de hielo…

Era como si el lamparero Martín hubiese regresado de nuevo al mar, después de muerto, como las almas de aquellos náufragos que siguen la estela de los que fueron sus barcos o el rastro de los que los atormentaron en vida o en la hora de la muerte.

Como a la media mañana de aquel día. Don Erico, el duelo del “Bar Hamburgo”, empezó a asear su establecimiento, y cuál no sería su asombro al encontrar detrás de unos barriles, en una pieza contigua a los servicios higiénicos, que servía de bodega, a un marinero viejo, entrecano, que aún dormía la mona.

– ¿Y usted? -le dijo, despertándolo con la punta del pie.

– ¿Yo?… Soy del Gastelu… -contestó Foster, balbuceando, mientras se ponía de pie restregándose los ojos y aún no dándose bien cuenta del lugar en donde se encontraba.

– ¿Del barco que llamó toda la noche a su gente?

– !Sí!… ¿Se fueron… mis compañeros… y me dejaron? -agregó balbuceante.

– ¡Ahora que me acuerdo, preguntaron por un tal Foster! ¿Es usted Foster?

– ¡Sí, yo soy Foster!

– ¡Y yo que les dije que se había ido con los otros… detrás de las mujeres! -dijo don Erico con una indiferente y bestial carcajada.

– ¿Y el barco?

– ¡Ya estará lejos! ¡Por un marinero ningún barco espera!

– ¡Déme, por favor, una ginebra! -musitó Foster, tentándose los bolsillos en busca de dinero.

Pasaron al bar, donde don Erico le sirvió un vaso grande de ginebra.

– ¡Yo también fui marinero! -le dijo-. Por muchos años navegué en la Hapag ¡y más de una vez me dejó el barco y volví a encontrar embarque en otro!

Con la ginebra, a Foster dejaron de castañetearle los dientes, tan aterido estaba por el frío de la noche pasada; y después de afirmarse con otra copa se dirigió hacia el puerto.

– ¡No salga, que está nevando fuerte! -le advirtió don Erico.

– ¡No importa, puede que esté el barco todavía! -respondió.

– ¡Ya habría tocado la bocina de nuevo! -replicó el dueño.

Sin embargo, Foster bajó hasta el muelle para escrutar la bahía envuelta en la bruma de la nevada, y para encontrar sólo pontones atados a sus grilletes, barcos de cabotaje y uno que otro lanero tardío de alto bordo. El Gastelu no estaba por ninguna parte; a esas horas. Seguramente, ya estaría saliendo por la boca oriental del Estrecho, rumbo al África, y luego a Europa, al Mediterráneo, a través de sus largas singladuras. Por todo lo que había oído, ése era su último viaje; estaba demasiado viejo y le habían prohibido navegar. Seguramente algún armador los iba a adquirir para desguazarlo y aprovechar algo de él… Su apeñascado corazón se hendió como una puñalada… Si no volvía a encontrarse con el Gastellu en ningún otro puerto del mundo, o lo desguazaban como era lo más probable, ¿a dónde iba a ir a parar el dinero que Martín había escondido en lo alto del palo trinquete, debajo de un farol, junto a la cofa? ¿Quién iba a ser el afortunado dueño de ese pequeño tesoro por el cual él había cometido el acto más vil de su vida. Al no pasarle el vaso de agua con el remedio a su compañero, en los instantes de su agonía?

Fue poco a poco después de haber cruzado el Paso del Abismo, en los canales, cuando Martín se sintió mal y lo llamó para revelarle el lugar en donde había escondido sus ahorros de los años de navegación en el carguero Gastelu; dinero con el cual pensaba retirarse a la aldea de donde era oriundo, en el interior de Pontevedra, en la que aún vivía su vieja madre, para quien serían ahora esos ahorros. En la Capitanía de Vigo la conocían ya por las mesadas que solía enviarle; allí podría Foster dejarle los ahorros; pero si disponía de algún tiempo, era preferible que fuera a entregárselospersonalmente a la aldea. ¡Era su único y último deseo!

Desde ese instante empezó a surgir dentro de él una lenta pero inexorable sombra. “¿Qué será?-se dijo-. ¿Podré yo ser así, tan malo?” Había cuidado solícitamente a Martín en su enfermedad; pero después de la revelación, algo dudoso empezó a entorpecer todos sus actos con el enfermo. Lo rehuía y hasta surgió, pleno, el deseo de que muriera cuanto antes para que dejara de “embromar” tanto… ¿Por qué quería que falleciera luego? ¿Por el dinero de la cofa? ¡No! ¡Él no podía ser tan malvado para quedarse con eso, que el otro había ahorrado para sí y para la pobre vieja!

En fin… Ya vería lo que iba a suceder con ese dinero… Algo llevaría a las manos de la vieja… porque era bastante y alcanzaba para los dos.

¡Se estremeció al descubrirse, por segunda vez, ese pensamiento maligno! ¿Tan malo era? Y bien, si él era así en realidad, tan malo, y sólo ahora se descubría ante esa circunstancia, ante esa prueba del Destino, ¿por qué no quedarse con toda la plata y retirarse de una vez de esos barcos viejos, de dudosas rutas y más dudosos cargamentos, a donde iba a parar la escoria de los puertos? ¡El dinero lo era todo en la vida y allí estaba su oportunidad!

¡Y eso fue lo que lo hizo vacilar tanto, en la agonía de Martín, al querer pasar el vaso de agua con el remedio que tan desesperadamente le pidió! ¡Ese vaso de agua que le podía significar un poco más de vida! Quién sabe si la vida entera… porque ¿quién conocía los designios de Dios?

Sin embargo, se demoró en pasarle el vaso de agua con el remedio, como si un grillete invisible lo hubiera detenido, amarrándolo a los pies.

Hasta que el propio Martín se dio cuenta de las intenciones de su amigo, y entonces fue cuando el lamparero volvió esa extraña mirada sobre su malvado compañero. Fue la última, la del instante de la muerte; pero su fulgor inundó la cabina, se impregnó en las paredes y no lo dejó ya, ni siquiera dormir.

Con ese fulgor de espanto u odio, esa mirada había pasado a la eternidad, había quedado en la atmósfera como un hálito más de dolor ante la humana maldad. Aire enrarecido que le empezó a circundar por todas partes desde el día de la muerte de Martín; ya fuera dando vueltas las cabillas del timón o rascando la pintura en la intemperie; allí estaba siempre impregnándolo de un raro desasosiego.

Y en esa hora cruel del abandono, cuando atestiguaba definitivamente la partida del Gastelu con su pequeño tesoro escondido en el mástil hacia otros mares, la atmósfera se había enrarecido aún más, a pesar de la nevada, cuyos pétalos blancos venían, innúmeros, a palparlo, como si alguien desde la lejanía tratara de reconocer al hombre…, sorprendido de que pudiera de pronto trocarse en otro hombre, en tal forma y tanto…

Foster vago por el puerto como un fantasma que busca otro fantasma… Y poco a poco se fue dando cuenta con horror de que la superstición marinera se estaba cumpliendo en él y que él mismo era el que llevaba a ese otro fantasma adentro.

La pérdida, el abandono, la falta de dinero, aumentaron los remordimientos e hicieron mella en sus años. Anonadado, guardó el secreto y a nadie preguntó ni comunicó el extraño caso del ataúd que tan afanosamente buscaba… Las circunstancias se habían concitado también para que ignorara completamente el lugar en donde sus compañeros lo habían dejado. Y después, la borrachera… Bueno, la borrachera había sido la culpa de todo lo demás.

¿Dónde estaba el cadáver de Martín? ¿Se había resbalado misteriosamente por las pendientes nevadas, regresando de nuevo al mar, para no dejarlo vivir en paz? ¿Se había incorporado ya su alma a la suya partiéndola en dos y atormentándole, mientras su cuerpo permaneciera a flor de tierra o deambulara por las profundidades marinas?

Indagó sigilosamente por el cementerio; pro nadie le dio indicio alguno. Don Enrico, el dueño del bar, tampoco sabía nada. Todo el mundo ignoraba el misterioso suceso.

La vida se le hizo angustiosa, insoportable. Vagó como un mendigo de puerta en puerta, encendiéndoles el fuego en las mañanas a las cantinas y a los bares por un pedazo de pan o una copa de aguardiente. Después, ya ni siquiera pudo seguir realizando estos minúsculos trabajos domésticos y le faltó el alcohol que lo sostenía.

Una madrugada lo encontraron helado dentro de una pequeña cueva que la erosión había hecho en los acantilados que quedan en las afueras del puerto, por el lado del oriente. Tenía la característica mueca de los escarchados, y sus ojos abiertos, fijos, miraban intensamente hacia el este, hacia la desembocadura del estrecho, en cuyo horizonte se pierden los mástiles de esos viejos vagabundos de los mares, que pasan de largo por el puerto o recalan sólo porque tienen que reparar alguna avería o dejar algún enfermo.

Sobrevino lo que llaman el “veranito de San Juan” y el macilento sol austral aumentó por algunos días sus calorías, deshelando la gruesa capa de nieve que se había formado con las tormentas pasadas. En una calle de las afueras, camino del cementerio, apareció un buen día un extraño cajón de muerto, pintado de verde y con su cadáver helado adentro. El hallazgo conmovió a las autoridades; la policía realizó investigaciones, autopsias; pero nadie pudo saber a ciencia cierta nada.

Sólo Mike, el hijo medio loco del pastelero, cuando se encontró con el ataúd que sacaban de la morgue para conducirlo al cementerio y se puso gorra en mano a su lado para acompañarlo, trató de decir algo, mostró los cinco dedos, bamboleó como un marinero, indicó el ataúd insistentemente; pero nadie comprendió que con su mímica quería decir:

“Cinco marineros y un ataúd verde”.

Francisco Coloane

Chigüirito se va

Una día Chigüiro hizo cosas que disgustaron a Ata, y Ata se molestó tanto que lo regañó.

Entonces Chigüiro le dijo:

– Me voy lejos, a donde nadie me regañe.

Tomó sus cosas, las metió entre una bolsa, y se fue sin decir nada más.

Caminó, caminó y caminó hasta que llegó a la casa de Vaca.

– Hola, Vaca –le dijo.

– Hola, Chigüiro –le contestó Vaca. Vaca estaba cortando flores y Chigüiro quiso ayudarle.

Cortaron margaritas, rosas, azucenas, hortensias y claveles. Después Chigüiro le dijo:

– ¡Qué bien se está a tu lado! Tú no me regañas como Ata. ¿Podría quedarme contigo?

– Está bien –contestó Vaca.

– Pero tengo hambre, mucha hambre –dijo Chigüiro.

Entonces Vaca, que también tenía hambre, hizo una tortilla de hierba que a Chigüiro le pareció horrible.

– ¡Qué fea está! Prefiero la tortilla de queso que prepara Ata. ¿Podrías hacerme una tortilla de queso?

Pero Vaca no sabía hacer tortillas de queso, así que Chigüiro le dijo:

– Me voy lejos, a donde me den tortilla de queso.

Y Chigüiro se fue sin decir nada más.

Caminó, caminó y caminó hasta que llegó a la casa de Tortuga.

– Hola, Tortuga –le dijo Chigüiro.

– Hola, Chigüiro –contestó ella.

Tortuga tenía puesto un sombrero de paja y estaba tomando limonada y comiendo hojitas de lechuga fresca mojadas en vinagreta.

Entonces invitó a Chigüiro a sentarse y le sirvió limonada y lechuga.

Después de un rato, Chigüiro le dijo:

– ¡Qué bien se está a tu lado! Tú no me regañas como Ata y no comes cosas horribles como Vaca. ¿Podría quedarme contigo?

– Está bien –contestó Tortuga.

– Pero quiero escuchar un cuento. ¿Podrías contarme uno?

Tortuga se acomodó y comenzó la historia:

– Había una vez… había una vez… había una vez… ¡Ay! ¡Ay! ¡Ay! No me acuerdo bien… –decía mientras bostezaba–. Había una vez, había una vez…

Entonces Chigüiro le dijo:

– Tú no sabes contar historias como las que cuenta Ata. Me voy lejos, a donde sepan contar cuentos.

Y Chigüiro se fue sin decir nada más.

Caminó, caminó y caminó hasta que llegó a casa de Tío Oso, que estaba meciéndose en su hamaca.

– Hola, Tío Oso –dijo Chigüiro.

– Hola, Chigüiro –le contestó. Tío Oso estaba rascándose la panza y comiendo miel de un jarro.

Tío Oso invitó a Chigüiro a que se subiera a la hamaca y le contó un cuento tras otro.

Entonces Chigüiro le dijo:

– ¡Qué bien se está a tu lado, Tío Oso! Tú no me regañas como Ata, no comes cosas horribles como

Vaca y no se te olvidan los cuentos como a Tortuga.

¿Podría quedarme contigo?

– Está bien –contestó Tío Oso.

– Pero tengo sueño y estoy cansado porque he caminado mucho –dijo Chigüiro.

Se subió a la hamaca, pero era muy pequeña para los dos. Los bigotes de Tío Oso le hacían cosquillas y

sus ronquidos no lo dejaban dormir.

Entonces Chigüiro le dijo:

– Tu hamaca es muy incómoda; no es como la cama de Ata. Me voy lejos, a donde tengan camas cómodas.

Cuando Tío Oso vio que Chigüiro se marchaba, le dijo:

– La casa que buscas está cerca de aquí. Vete por ese camino y la encontrarás.

Y Chigüiro hizo tal cual le decía Tío Oso.

Caminó, caminó y caminó hasta que llegó a una casa. Llamó a la puerta y… ¿quién le abrió? ¡Pues Ata!

¡Nadie más y nadie menos que Ata!

– Hola, señora –dijo Chigüiro.

– Hola, señor –contestó Ata.

Ata estaba haciendo una tortilla de queso e invitó a Chigüiro a comer. Luego le contó una historia y otra, y otra, y después lo acostó en su cama, que era calientita y blanda.

Entonces Chigüiro le dijo:

– ¡Qué bien se está a tu lado, Ata! Cocinas delicioso… Sabes contar historias… Y tu cama es calientita… ¿podría quedarme contigo?

– ¡Claro que puedes! –le respondió Ata.

Y besando a Chigüiro, lo cubrió con las cobijas y lo acompañó hasta que se quedó profundamente dormido.

Ivar Da Coll

FUENTE DE CUENTOS http://blogs.diariovasco.com/index.php/cuentameuncuento?cat=218

LAS TABLAS DE BILL GATES:

No las dijo en arameo. Tampoco aparecieron escritas en una tabla de piedra. Pero desde que las pronunció en una universidad nortea­mericana, frente a un auditorio colmado de padres de familia, las once reglas de Bill Gates para la correcta educación de hijos adolescentes, se expandieron por la web con la misma potencia con que los mandamientos de Moisés Invadieron el mundo cristiano. Están destinadas sobre todo a padres sobreprotectores que “consienten a sus hijos y les dan lo que piden, aún cuando no lo me recen”. Son las siguientes. Parecen duras, pero si lo dice Gates.

* La vida no es justa, acostúmbrate a ello.

* Al mundo no le importará tu autoestima. El mundo esperará que logres algo, independientemente de que te sientas bien o no contigo mismo.

* No ganarás U$S 5000 mensuales justo después de haber salido de la preparatoria y no serás un vicepresidente hasta que con tu esfuerzo te hayas ganado ambos logros.

* Si piensas que tu profesor es duro, espera a que tengas un jefe. Ese sí que no tendrá vocación de enseñanza ni la paciencia requerida.

* Dedicarse a cocinar hamburguesas no te quita dignidad. Tus abuelos te­nían una palabra diferente para describirlo:le llamaban Oportunidad.

* Si metes la pata, no es culpa de tus padres, así que no lloriquees por tus errores: aprende de ellos.

* Antes de que nacieras, tus padres no eran tan “aburridos” como son ahora. Ellos empezaron a serio por pagar tus cuentas, limpiar tu ropa y escu­charte hablar acerca de la nueva onda en la que estabas. Así que, antes de em­prender tu lucha por las selvas vírge­nes contaminadas por la generación de tus padres, inicia el camino limpiando las cosas de tu propia vida; empezando por tu habitación.

* En la escuela puede haberse eliminado la diferencia entre ganadores y perdedores, pero en la vida real no. En algunas escuelas ya no se pierden años lectivos y te dan las oportunidades que necesites para encontrar la respuesta correcta en tus exámenes y para que tus tareas sean cada vez más fáciles. Eso no tiene ninguna semejanza con la vida real.

* La vida no se divide en semestres. No tendrás vacaciones de verano largas en lugares lejanos y muy pocos jefes se interesarán en ayudarte a que te encuentres a ti mismo. Todo esto tendrás que hacerlo -si lo deseas – en tu tiempo libre.

* La televisión no es la vida diaria. En la vida cotidiana, la gente de verdad tiene que salir del café, de la película, para irse a trabajar.

* Sé amable con los “nerds” (los más aplicados de tu clase). Hay muchas probabilidades de que termines trabajando para uno de ellos

Puedes consultar mas acerca de este tema: NOTA copia esta liga a tu barra de direcciones
FUENTE: http://www.portalplanetasedna.com.ar/bill_gates.htm

LIBRO: SANGRE DE CAMPEON

En la liga de abajo, viene el índice y parte del primer capítulo de este importante libro de Carlos Cuauhtémoc Sánchez, que te servirá para enfrentar situaciones o saber porque estan pasando ciertas cosas en tu vida… leelo puedes ahorrar para adquirirlo en alguna libreria…

http://www.editorialdiamante.com/diamante/images/stories/catalogo/pdf/sangre.pdf

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